Mochila Católica

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“Lo tengo todo para ser feliz, pero no lo soy…»

Recuerdo un retiro donde fui como recurso (temista, charlista) para jóvenes de un pequeño colegio privado. Algunos de sus participantes se sentían con cierto poder para dominar y tomar control del fin de semana, por el dinero que tenían algunos de sus padres. Cuando comencé hablar, la atención de estos era casi nada. Tuve que hacer de todo para que ellos pudieran central su disposición al tema por breves minutos. Sencillamente, ellos no querían estar allí. En medio de una dinámica, recuerdo dejar para el final a esta joven de unos 15 años, que tampoco le interesaba mucho el tema. En medio de su lucha por disponerse a escuchar o hablar con otros, traté de entablar una conversación con ella donde le pregunté en un momento dado: “Pero, ¿tú eres feliz?”. Luego de un breve silencio me dijo: “lo tengo todo para ser feliz, pero no lo soy…”. Desde ese momento, comencé un proceso de acompañamiento que duró el rato que estuve allí. Pero sin duda, hoy me sigue resonando esa respuesta porque veo aquella historia en la vida de tantos cercanos y desconocidos. Como ella, se puede tener estabilidad financiera, estudios, estatus, “supuestos” o verdaderos amigos, entre otras tantas cosas que parecieran ser la carta que apuesta la sociedad para definir que “estamos bien”, como dice una canción o que si sigues eso, vas por el “buen camino” a la felicidad. No digo que tener esas cosas está mal. ¡Todo lo contrario! Es parte de nuestro desarrollo personal- profesional, alcanzar diversas realidades que puedan aportar positivamente a nuestra vida. Pero, cuando analizamos todo, podemos catalogarlas como aspectos externas y fugaces que no encierran la definición -en sí misma- de lo que es la plenitud y la felicidad. Ahí nos vemos reflejados en esa joven, cuando pensamos que tenemos poder de nuestros pequeños castillos, pero están construidos sobre arena. Y cuando se derrumben, ¿qué pasará?

Ciertamente hay grandes teólogos, profesionales de la conducta humana, líderes de “coaching” que pueden definir la felicidad en grandes terminologías, experiencias, literatura o teorías. ¡Eso está súper! Pero hablaré desde mi pequeña reflexión sobre la felicidad, que va más allá de esa carta social que comenté anteriormente. Cuando ponemos en primer lugar el amor propio, el ser custodios de nuestra propia dignidad humana, el ver las debilidades como oportunidades para mejorarlas y reconocernos como un don de Dios, ahí podemos comenzar a construir un castillo en tierra firme. En la medida que nosotros nos sintamos bien con nosotros mismos y aceptemos la gran propuesta de amor que nos ofrece Jesucristo, para llevar una vida plena, es el momento que las otras cosas son añadiduras y hemos descubierto el verdadero camino a la felicidad. Y, “¿cómo se logra eso?” Primero, reconociendo el gran valor que tenemos, no importa lo que nos digan o situación que vivimos. Segundo, teniendo buenos acompañantes que iluminen nuestra humanidad desde la fe y el amor genuino hacia nosotros. Tercero, buscando espacios de crecimiento en escenarios formativos, espirituales y aún, laborales. Cuarto, acudiendo a la oración como un medio de santificación y escucha. Quinto, llevando una vida coherente a la luz de ese plan que nos propone Dios y que es mejor que los castillos en la arena. Pero, debemos recordar que el discernimiento ante tantos escenarios y tentaciones que muchos desean “normalizar” o justifican como que “es nuestra vida y a nadie le debe importar…”, es clave en este proceso.

En lo personal, puedo darte más herramientas o hablar más sobre el tema, pero queda de ti la parte más importante: tomar decisiones concretas a la luz de una propuesta mejor, la de Jesucristo. Que desea la plenitud de tu felicidad, aquí y ahora. Una que es permanente y no pasajera como algunos placeres de la vida. De seguro, Él tendrá una mejor carta bajo la manga para tu vida. Y reflexionando sobre este tema, te pregunto: “ tú, ¿eres feliz?”

Edna Kaeshea
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